El poeta escudriña, rasga, abre delicadas cerraduras y entonces habla desde lo primitivo, desde el origen; ahí deja caer la semilla de la poesía, desde ahí construye a la imagen poética o ella lo construye a él. La imagen poética tiene una reverberación propia, es como la onda de un diapasón que cala en lo más profundo, es un ser independiente. El corazón y el alma echaron sus raíces y éstas han crecido de tal manera que han llegado a la conciencia para ver nacer a la imagen poética y ésta con su resonancia toca fibras profundas en el primer impacto que tiene el hombre con ella, lo mueve todo y lo pone de cabeza y él, en respuesta a esa vibración, la analiza, la estudia porque está asustado, porque ha emergido lo que es él en realidad, ha llegado a su garganta como una arcada de vómito que tratamos de contener, pero a la cual al final cedemos. Asusta por la carga psíquica que tiene, el mundo que encierra, porque transgrede y penetra.
La imagen poética se hace presente por medio del lenguaje, pero sería válido preguntarse si el lenguaje surgió por la necesidad del alma de transmitir dichas imágenes y no si las imágenes poéticas surgieron después que el lenguaje, porque la imagen es, por sí sola, como un ente independiente y convierte al que la lee en lo que representa. El alma por medio de la poesía habla, se manifiesta, por lo tanto nos regala libertad. La imagen al ser vocera del alma es autónoma de las pasiones, porque las pasiones responden a lo humano, a lo material, a aquello que mueve a este cuerpo, pero el alma vive en otro plano, en el plano donde lo material es una ilusión y las pasiones y los instintos no existen, ahí vive la sublimación pura, la que no se deja llevar por el espejismo del deseo.
La poesía es la fenomenología del alma y ésta mata al pasado porque con cada nueva imagen se está creando un nuevo mundo, una nueva fenomenología. La realidad entonces no se representa sino que se crea una nueva, nueva y mejor a partir de asociar imágenes que nacieron en esa sublimación pura, en el terreno onírico donde habita el alma. El poeta asocia imágenes.
Si bien es cierto que en el mundo de la ensoñación nuestro axis mundi se encuentra en el alma, en el mundo material o terrenal, ese axis mundi es la casa natal, ese lugar donde comenzamos a edificar nuestro universo. Así como el cuerpo es el contenedor del alma, la casa es el contenedor de esa alma y del cuerpo, es un templo de ensoñación, donde podemos soñar protegidos. En la casa natal se encierran innumerables recuerdos de la infancia, por lo tanto de lo que nos funda como individuos: el naranjo, el zaguán del patio delantero donde se anotaron cientos de goles, el hogar del perro. El contenedor de las soledades de la infancia, del tedio, del ocio, del ver pasar la vida sin preocupaciones. La bendita infancia. Un segundo útero al que arribamos después del nacimiento, con el mismo calor y la misma protección, donde uno descubre la maravillosa intimidad. Uno hace suyo cada rincón de esa casa y esos rincones se van llenando de historias, dejan de ser simples espacios, cascarones, esquinas blancas y vacías. Son ahora confesionarios, esas paredes sabrán los secretos más ruines y más bellos, las tristezas más amargas. Cada rincón vivirá un ensueño, cobijará al pequeño ser que ahí se desarrolla, le hará saber que al tener un hogar tiene estabilidad.
Luego, cuando el individuo ande errante, de casa en casa, de espacio en espacio, dejará sus significados en ellos, pero también los llevará consigo, sus imágenes irán en la maleta, junto a la toalla y el desodorante. La casa guardará la esencia del ser, por lo tanto sus ensoñaciones, la certidumbre de estar vivo.
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